Mujeres entre nubes: Una diseñadora en la montaña.

¿Cuántas veces te has sentido en las nubes? ¿A qué literalmente le llamas estar en las nubes?

En mi caso, como bailarina alguna vez en una presentación en Hawaii me sentí abrigada por el mismo cielo. Como viajera, redescubriendo mi corazón y enamorada de un hombre de gran inspiración, sentí de verdad estar caminando con los pies despegados del suelo; y como diseñadora, alguna vez al ver finalmente mis creaciones presentadas en un desfile, sentí mi espíritu y talento bailar entre algodón. En cada ocasión hubo detrás un proceso de trabajo arduo, una búsqueda de alcanzar algo, persistencia y amor propio; pero hoy me doy cuenta que también fue una forma de soltar peso. Sí, a veces cargamos miedos, pasado, rencores e inseguridades; todas esas cosas son pesadas y no sabes cómo quitar la carga.

 

El pasado miércoles 10 de febrero del 2021, decidí darme como regalo de cumpleaños, la oportunidad de caminar entre nubes y subir el Pico de Orizaba, la tercera cumbre más grande de Norteamérica, la séptima prominencia a nivel mundial y el único volcán que tiene lava congelada. ¡Qué locura! ¡¿Qué hace una diseñadora de modas haciendo estas cosas?!

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En el  2020, como a todos en este mundo, mis objetivos personales y profesionales fueron enrollados en un torbellino de cambios. Muchas cosas que veía desaparecieron, tuve que adaptar mi trabajo para continuar, entender el final de una relación y volver a verme a mí y sólo a mí. En esa búsqueda por recuperarme, llegué a un grupo de gente que practicaba senderismo en las montañas. La naturaleza siempre me ha inspirado, y detrás de meses de encierro, mi alma buscaba sol, aire, árboles y paisajes. Así comencé con diferentes caminatas que me ayudaron siempre a regresar con energía a mi trabajo, conocí gente deseosa de seguir agregando vida a la vida en un año tan complicado, simplemente me identifiqué y me dejé llevar.

 

La aventura del Pico de Orizaba comenzó primero con una aclimatación, una caminata corta para adaptarse a la altura. A los diez metros de ascenso me sentí acalorada y que me faltaba el aire, pensé: “Vine hasta aquí, dejando trabajo, invirtiendo tiempo y dinero, y ni siquiera podré subir.” Para mi fortuna quitando unas capas de ropa y controlando mi respiración pude recuperarme y adaptarme. Una noche antes entre ansiedad y emoción había dormido sólo cuatro horas, y la noche previa al ascenso debía dormir entre 8pm y 1am, pero me fue imposible. Mis hábitos y reloj biológico están acostumbrados a comenzar el descanso después de las 12pm, por otra parte, vi cómo entraban ratones al refugio, alucinaba que me caminaban por la cabeza, misma que no dejaba de pensar y cuestionarse mil cosas: por qué estaba yo ahí, qué tenía que aprender, qué debía de tomar, y qué dejar, de mí y de la gente a mi alrededor. Éramos sólo tres mujeres: Yaz, Renée y yo; acompañadas por Eduardo, el organizador que nos puso en la mente este reto y Vicente, un guía súper experimentado.

 

Así, en mi caso sin dormir, comenzamos el ascenso a las dos de la mañana. Ahí estaba yo vestida cero chic, con ropa que pedí prestada, casco, arnés y unas botas rentadas. Con silueta tipo Buzz lightyear y un piolet en mi espalda, que me recordaba la espada de la mujer maravilla.  Desde mis primeros pasos me concentré en mi respiración y traté de llevar mi mente a todo lo positivo que se me cruzaba por la cabeza. Comencé con los cuatro acuerdos: “no interpretes, no te tomes nada personal, siempre haz lo mejor que puedas y sé impecable con tus palabras”. Después me repetía frases de diversas meditaciones que he hecho como: “merezco lo mejor, yo soy amor, yo soy fuerza”. Y de pronto inevitablemente los pensamientos religiosos que me han sido inculcados desde niña, pero que muchas veces, toco tratando de separarlos de la religión y uniéndolos más a mi percepción de Dios y la vida: “El señor es mi pastor, nada me faltará”, “entre tus manos está mi vida señor”, “señor, yo llego hasta donde tú me dejes y aprendo lo que quieras que aprenda”. Y luego frases de Bali Hai, mi refugio de danza: “aquí estoy, por amor a la vida y a mí misma”, “avanzo con humildad y respeto”.

 

El ascenso duró alrededor de diez horas. Durante las primeras horas caminamos en la oscuridad con lámparas en la cabeza, ayudados por bastones entre las rocas y los primeros rasgos de nieve y hielo. Siempre en zigzag y buscando el mejor camino, a veces marcado por las pisadas anteriores. Esta forma de avanzar siempre me ha parecido curiosa, por más que quieras elegir una dirección correcta, los obstáculos siempre te inclinan a dar más vueltas, pero quizás a aprender más.  Caminar con esas botas era raro, eran pesadas y prácticamente no sentías el suelo, aún así, el frío comenzaba a sentirse en los pies. La cosa se puso más espacial cuando a los pasos añadimos los crampones para poder encajar los pies mejor y no resbalar con el hielo. Después por fin empecé a ver cómo las rocas empezaban a pintarse de una luz naranja, el amanecer nos saludaba de una forma muy especial. He visto despertar el sol muchas veces, pero definitivamente esta fue diferente. Parecía estar viendo un planeta volando entre las nubes, que conforme más subíamos, más se hacían presentes, pero también por fin estábamos a una altura dónde podíamos ver el pico de la montaña cubierto por un hermoso glaciar. Para mí, una bella mujer con un vestido blanco de perfecta caída e inclinación, no pude evitar pensar en mis clientas y sus diseños de novias. Mujeres divinas rodeadas de sueños.

 

Empecé a sentir el cansancio del desvelo, a lo lejos veía en el glaciar a un grupo de ucranianos que salieron antes que nosotros, y durante varias horas parecían no moverse. Comenté a Vicente el guía mi percepción de que no se movieran, y mi preocupación de lo difícil que debía ser para que caminaran tan lento. Él sólo me dijo: “pero vale la pena, la vista es maravillosa, desde ahí se ven el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl”.

 

Conforme más subíamos, me daba cuenta que mis pasos eran más cortos, mi respiración más lenta y que cada movimiento me exigía más concentración. Si no me equivoco, a partir de ahí guardamos un bastón y en la otra mano tomamos el piolet. ¿Y para qué servía el piolet? Ah sí, para encajarte en el hielo en caso de caer. ¡Dios! ¡¿Por qué meterme en un camino donde necesito herramientas extras de protección?! ¡¿Por qué la curiosidad, ambición o energía de vida nos llevan a explorar y arriesgar?! En fin, antes de entrar en pánico con estas preguntas preferí recordar: avanza con respeto y humildad, sigue en silencio la sabiduría. En ese momento clavé mi mirada en los pasos de Vicente, y como cuando bailaba, comencé a imitar cada movimiento, sí, había ritmo en sus pasos y pude percibir que la melodía era una pausada respiración. A partir de ahí el silencio fue cada vez mayor, como alguna vez se lo escuché a Eduardo el organizador, estábamos en una meditación en movimiento.

 

Llegó el momento en blanco, atados por un arnés íbamos Vicente, Yaz y yo entre ellos. Por otro arnés Renée y Eduardo. Estábamos en el glaciar, con una inclinación de entre 45 y 50 grados, la impresión era como de subir y subir escaleras sin fin. Horas y horas realizando un mismo movimiento, me recordaron aquellas sesiones de danza donde pasas un tiempo indefinido con el mismo ritmo, repitiendo un mismo paso, sin poder parar ni bajar los brazos, concentrada en tu posición, en tu respiración y apropiándote del paso hasta que este sea perfectamente natural en ti. Al mismo tiempo pensaba en esos momentos que en mi negocio siento hacer y hacer y tener la impresión de no avanzar o no llegar a nada, pero igualmente casi por inercia, te levantas todos los días y lo vuelves a hacer, y aunque el cansancio es fuerte, es más grande la curiosidad por ver lo que causa la perseverancia, más inquietante la aventura del proyecto.

 

El ascenso de forma ondeada continuaba, cambiando el piolet de mano según hacia donde quedara la inclinación. Una verdadera coreografía de equipo.  Entre más altura, más frío el viento, al parecer uno -15 grados, más la inclinación y más la persecución del cansancio. A pesar de sentir las piernas y los brazos pesados, para mi sorpresa, mi corazón latía normal, no sentía dolores de cabeza ni que me faltara el aire, pero mi ritmo comenzaba a ser más lento. Vicente lo notó y se ofreció a cargar mi back pack, además del suyo. Mi primera respuesta, similar a mi vida: “no, yo puedo sola”. Pero un guía sabe bien lo que dice: “no sólo es llegar, lo importante es que llegues bien, yo te puedo ayudar”. Acepté, y esto definitivamente borró parte de mi cansancio, quitarse un poco de peso de encima y la fuerza de otra persona de apoyo, definitivamente me motivó y me atrevería a decir que me comprometió más. Un poco más adelante, Renée se sintió mal y tuvo que regresar con Eduardo. Estábamos ya muy cerca, a una media hora de llegar. Pensé: “Es mi primera vez, quizás debería regresar con ellos”. Vi de un lado la cima y del otro lado la compañía. Pero estaba bien, así que decidí continuar, igual tenía la compañía de un guía sabio y experimentado y Yaz, quien yo sabía llegaría porque era su tercer intento.

 

Diez minutos adelante veía la cima en el mismo lugar, en ese momento mis emociones empezaron a actuar, tenía ganas de llorar, una especie de impaciencia, cansancio mental e inseguridad me empezaron a invadir. Estaba subiendo, pero estaba sufriendo. Sentía la cara congelada, las piernas y brazos pesados, los tobillos lastimados por las botas. Entre cada respiración se asomaba un sollozo. Mis pensamientos recordaban de forma positiva la frase: “llega el que decide subir el peldaño de adelante”. Sin embargo, traté de recordar cuando en mi vida me había sentido así. Y sí, hubo una vez, cuando realicé mi primer desfile en México en Palacio de Hierro Polanco, fueron semanas sin dormir, con el estrés a tope y con un compromiso muy fuerte. Recuerdo perfecto que después de ese evento prometí no volver a hacer nada que no me permitiera disfrutar lo que hacía, que nada valía más la pena que mi tranquilidad. Entonces valoré mi paz. Unos días antes le comenté a Eduardo que este proyecto del Pico era lo más bonito que tenía en mi vida aparte del trabajo, pero fue en ese momento que me di cuenta que no. Mi vida es hermosa en su día a día, sin necesidad de grandes retos, soy feliz viendo a mis clientas y creando, pero también mi corazón se llena de cosas sencillas como leer, regar mis plantas, meditar, hacer yoga, platicar con mis amigas, ver a mi familia. No necesito subir cimas ni tener grandes retos para ser feliz y amarme. Los mejores paisajes los admiro con el alma llena y tranquila.

En ese momento me enojé un poco de estar ahí, vi la cima lejos en el mismo lugar, en la desesperación dije: “a qué hora se termina esta chingadera”. Pero no tenía opción, así que apagué todos mis pensamientos y me dediqué a dejarme sentir, detrás de todo el cansancio, la inexplicable energía que te deja seguir subiendo. Dejé de ver para arriba hasta que casi como un abrazo oí la voz de Vicente: “hemos llegado”. Los sollozos que se quedaron atorados, salieron por completo, sí, estaba llorando, pero no podría decir que de alegría por haber llegado, eran más bien las lágrimas de mi niña interior cansada y abandonada, queriendo ser abrazada. La niña me reclamaba: “por qué me trajiste aquí, tengo frío, tengo hambre, estoy cansada y harta, por qué no me ves?!”

 

Boté los bastones y la mochila y me senté a consentirme comiendo algo, poco a poco me tranquilicé y pude admirar el paisaje, contenta, pero me hubiera gustado no sentirme tan cansada. Las nubes acariciaban la montaña, nosotros estábamos sobre las nubes. Entonces, la mujer animó un poco a la niña, aunque aún faltaba bajar de ahí. Hubiera dado lo que fuera por que me recogiera un helicóptero, o que hubiera habido un spa caliente donde pudiera dormir al menos una hora antes de partir. Recordé otra de las maravillas de mi vida, el descanso y el sueño, estoy segura de que, si hubiera podido dormir, la historia hubiera sido otra. Pero la incomodidad supongo es parte del aprendizaje, algún día lograré dirigir mi energía a la paz, y que, a pesar de mi sensibilidad, el ruido alrededor lo deje ajeno y no interrumpa mi sueño, ni mis objetivos.

 

El descenso sobre todo al principio fue más rápido, hicimos un tobogán muy divertido y sobre todo que nos ahorró tiempo y pasos. En un momento pudimos parar y yo hice una siesta de 10 minutos que me regresó a la vida, aunque mis tobillos estaban súper hinchados por las botas que me lastimaban. La nieve de bajada con el sol comenzaba a deshacerse y los pies se nos hundían, lo que lo hacía más pesado. Más abajo entre la inclinación y las piedras que se resbalaban, no me quedaba más que concentrarme y recordar en cada paso las instrucciones de llevar mi cuerpo hacia atrás en el descenso, e ir encajando mis talones para no resbalar, o si caía, hacerlo hacia atrás y no rodar y rodar. Traté igual de llevar el paso abierto y fluido como me señaló Eduardo con la frase de: “confía en la vida y podrás fluir”. Aunque cuando en el camino ya estás tan cansado, fluir es lo de menos, lo único que quieres es terminar de bajar y poder estar tranquilo y en paz. Por fin después de unas cinco horas de bajar, todo había acabado, y eso fue un gran alivio.

 

En el momento dije: “qué aventura, qué paisajes tan hermosos, pero esto sólo se hace una vez y nada más, demasiada incomodidad”. En cuanto llegué a mi casa me acosté y juraba que el cansancio me duraría días. Al otro día sí me sentía fatigada, un poco ida pero curiosamente de forma física estaba bien. Pensé que más tarde llegaría el peso, pero no. Hoy a tres días, de hecho me siento más ligera, como si hubiera subido esa montaña para dejar todas mis cargas y regresar a tierra para seguir caminando entre las nubes de mi paz y mi hermosa y tranquila vida.

Estas son mis nuevas nubes, no están arriba de la montaña, están en mi suelo de día a día, están en la serenidad de mi amor por la vida y la ligereza del aire que me acompaña.

  

Gracias Vicente por guiarnos, Yaz y Renée por compartir y Ed con su proyecto de "Más allá de la montaña"
por inspirarnos.

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